Efrain Medina Reyes (Presentación del libro Pistoleros/Putas y Dementes (Greatest Hits)
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Jack Kerouac
1. Scribbled secret notebooks, and wild typewritten pages, for your own joy
2. Submissive to everything, open, listening
3. Try never get drunk outside your own house
4. Be in love with your life
5. Something that you feel will find its own form
6. Be crazy dumbsaint of the mind
7. Blow as deep as you want to blow
8. Write what you want bottomless from bottom of the mind
9. The unspeakable visions of the individual
10. No time for poetry but exactly what is
11. Visionary tics shivering in the chest
12. In tranced fixation dreaming upon object before you
13. Remove literary, grammatical and syntactical inhibition
14. Like Proust be an old teahead of time
15. Telling the true story of the world in interior monolog
16. The jewel center of interest is the eye within the eye
17. Write in recollection and amazement for yourself
18. Work from pithy middle eye out, swimming in language sea
19. Accept loss forever
20. Believe in the holy contour of life
21. Struggle to sketch the flow that already exists intact in mind
22. Dont think of words when you stop but to see picture better
23. Keep track of every day the date emblazoned in your morning
24. No fear or shame in the dignity of yr experience, language & knowledge
25. Write for the world to read and see yr exact pictures of it
26. Bookmovie is the movie in words, the visual American form
27. In praise of Character in the Bleak inhuman Loneliness
28. Composing wild, undisciplined, pure, coming in from under, crazier the better
29. You're a Genius all the time
30. Writer-Director of Earthly movies Sponsored & Angeled in Heaven
1.Cuadernos de notas secretos, garabateados, y páginas salvajemente escritas a máquina, para tu propia felicidad.
2.Sométete a todo, abierto, escuchando.
3.Intenta no emborracharte fuera de casa.
4.Enamórate de tu propia vida.
5.Lo que sientas encontrará su propia forma.
6.Sé el santo ingenuo de tu imaginación
7.Sopla tan profundo como quieras soplar.
8. Escribe lo que creas insondable, desde lo hondo de tu imaginación.
9.Las inexpresables visiones del individuo.
10. No le des más tiempo a la poesía del que precisa con exactitud.
11. Cosquillas visionarias temblando en tu pecho.
12. Sueña en trance permanente los objetos que están delante de ti.
13. Deshazte de tus inhibiciones literarias, gramaticales y sintácticas.
14. Como Proust, sé un viejo fumado del tiempo.
15. Di la verdadera historia del mundo en un monólogo interior.
16. La joya central del interés es un ojo dentro de un ojo.
17. Escribe para recuerdo y asombro de ti mismo.
18. Sé conciso en una mirada aguzada, nadando el mar del lenguaje.
19. Acepta para siempre el fracaso.
20. Cree en el sagrado contorno de la vida.
21. Esfuérzate en describir el fluido que ya existe en tu mente.
22. Si te detienes, no pienses en la palabra mas que para ver mejor la imagen.
23. Síguele el rastro a cada día, en el bálsamo de las mañanas.
24. No temas o te avergüences del conocimiento, el lenguaje o la dignidad de tu experiencia.
25. Escribe para que el mundo vea la exacta imagen que tienes de él.
26. Un libro-película es una película en palabras, la forma visual americana.
27. Alaba el Carácter del Parpadeo de la inhumana soledad.
28. Composición salvaje, pura, indisciplinada, venida de dentro, alocada si es posible.
29. Eres un genio siempre.
30. Director-Escritor de películas Terrenales, auspiciadas y protegidas por el Cielo.
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Piensa en esto: cuando te regalan un reloj te regalan un pequeño infierno florido, una cadena de rosas, un calabozo de aire. No te dan solamente el reloj, que los cumplas muy felices y esperamos que te dure porque es de buena marca, suizo con áncora de rubíes; no te regalan solamente ese menudo picapedrero que te atarás a la muñeca y pasearás contigo. Te regalan —no lo saben, lo terrible es que no lo saben—, te regalan un nuevo pedazo frágil y precario de ti mismo, algo que es tuyo pero no es tu cuerpo, que hay que atar a tu cuerpo con su correa como un bracito desesperado colgándose de tu muñeca. Te regalan la necesidad de darle cuerda todos los días, la obligación de darle cuerda para que siga siendo un reloj; te regalan la obsesión de atender a la hora exacta en las vitrinas de las joyerías, en el anuncio por la radio, en el servicio telefónico. Te regalan el miedo de perderlo, de que te lo roben, de que se te caiga al suelo y se rompa. Te regalan su marca, y la seguridad de que es una marca mejor que las otras, te regalan la tendencia de comparar tu reloj con los demás relojes. No te regalan un reloj, tú eres el regalado, a ti te ofrecen para el cumpleaños del reloj.
Es Julio Cortázar
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Cuando lo conoci en casa del Indio Solari en Ramos Mejía, el Negro Cañón todavía no era un pesado. Era un tipo agradable, y daba gusto escucharlo conversar. Tenía una mirada luminosa y chispeante, y el rostro de un niño inocente. Era alto y robusto, pero su apostura y su actitud ante la vida ocultaban cualquier rastro de su alta peligrosidad.
El Indio parecía apreciarlo mucho. Esa tarde me recomendó que le prestara atención, ya que Cañón era sin duda una voz interesante para Cerdos & Peces, y yo inmediatamente encendí el grabador.
En aquella época yo tenía muy en cuenta la opinión del Indio. Una noche no muy lejana a esa tarde, había ido a visitarlo con Andrea, que todavía era mi amorcito, y le comenté que lanzaría una nueva etapa de la revista asociado con Leonardo Sacco –editor de El Musiquero y Rock and Pop– , y que estaba buscando un jefe de Redacción. "Creo que tenés que darle una oportunidad a Andrea", me dijo el Indio Solari con la puntería de un campeón de tiro. Unas semanas después, Andrea, con el seudónimo de Vera Land, se convirtió en la mejor editora que conocí en toda mi trayectoria, y juntos atravesamos la etapa más experimental, talentosa y psicótica de la historia de la revista.De modo que siguiendo el consejo del Indio grabé extensas conversaciones con Cañón, aunque el material nunca sirvió para armar una historia. Era muy esquivo a narrar sus aventuras, evitando, como es lógico, quedar comprometido en el relato de alguna malandanza.
Igual nos hicimos amigos. El tipo vivía en La Plata, y vendía una de las mercas más ricas que recuerde. Era el proveedor habitual del Indio y muy pronto se convirtió en el de la revista. En el transcurso de algunas noches desesperadas, mandábamos en taxi hasta su casa de La Plata a algún colaborador, que regresaba casi al amanecer pero con las provisiones imprescindibles para hacer la revista.
Fueron apenas dos o tres meses de relación antes de que el Negro Cañón cayera preso. Era uno de esos hombres con gran brillo personal; algo difícil de encontrar en el resto de los seres que se te cruzan en el camino, casi siempre abrumados por el peso del Plan que los guía como el lazarillo a un ciego. Una de esas noches viajaron de expedición mi amigo Metro acompañado por Gaby Meyer, el hijo del difunto rabino Marshall Meyer, y cuando llegaron a la casona donde Cañón vivía con su mujer estaban esperándolos los malditos toxis de La Plata.
Los toxis venían siguiéndolo al Negro desde tiempo atrás, y lo tenían semiacorralado por varias escuchas telefónicas, de modo que cuando Gaby Meyer terminó confesando que efectivamente le compraba la merca a Cañón, éste fue en cana.
Para evitar que comprometieran a su mujer, Cañón confesó lo que había hecho y lo que no había hecho. Fue a la cárcel y desapareció de mi vida.
Ya dije que jamás visito a mis amigos cuando caen presos. Solari, en cambio, lo visitaba habitualmente. Recuerdo que cuando conocí a Andrea y quedé atrapado por la psicosis del amor, mi padre estaba internado en el Policlínico Bancario, y yo apenas lo visitaba. Cuando el Indio se enteró de que necesitaba sangre, sin avisarme se presentó en el Policlínico y donó su precioso líquido. Unos años después, cuando la famosa prostituta Ruth Kelly –la primera puta que intentó sindicalizar a las muchachas– fue internada en una residencia para ancianos en Ramos Mejía, fue a verla y le preguntó qué necesitaba. El Indio no sólo visitó a su amigo, sino que además se hizo cargo de sus hijos mientras cumplía la condena.
El Negro Cañón demostró en la cárcel ser un auténtico pesado, enfrentándose sin reparos a los dueños del pabellón. A poco de llegar dejó bien claro quién era quién, formó su propia ranchada y se dedicó a proteger a los bolitas que caían por cocaína.
Transcurrieron casi tres años hasta que volví a verlo. Yo era columnista del diario Sur, y estaba por iniciar el tercer período –el más exitoso– de Cerdos&Peces. El Negro fue a verme al diario, y de inmediato se enamoró de una de las fotógrafas. Había salido en libertad condicional, y debía resentarse en el juzgado tres meses después. No se presentó nunca, cambió de nombre y desapareció en el anonimato de la ciudad. Durante ese período fuimos amigos, y jugándose la libertad condicional Cañón me acompañaba en mis aventuras nocturnas sin medir los riesgos de caer en alguna redada.
El suceso que me hermanó proverbialmente con el Negro Cañón y me hizo contraer con él una deuda difícil de pagar, sucedió en el famoso recital de los Redonditos de Ricota en el estadio Atenas de La Plata. Casi todos mis amigos y amantes decidieron viajar a La Plata para asistir al recital: Tom Lupo, el Negro Cañón, Ricardo Rangendorfer, "el chico de la moto" como llamábamos a Daniel –otro joven y hermoso pistolerito que era un experto en el uso del sable samurái–, Oscar –el abogado de los pistoleros–, Vera Land, Camila –la desopilante y extraordinaria novia de Tom Lupo de aquellos tiempos–, Marcelita –mi novia de aquel año–, Mariana y Carmiña –dos preciosidades platenses con las que venía coqueteando–, y por supuesto todos los muchachos de la banda de Lo Negro, que todavía eran los iluminadores de los Redondos.
Ensoberbecido por la impunidad de la que gozaba en la Capital, asistí al recital portando dos petacas de whisky y veinte papeles de cocaína que pensaba vender entre los amigos finalizado el recital. En aquellos tiempos, la única forma de tomar buena cocaína sin arruinarse era revender por el total del dinero invertido la mitad de lo comprado en la villa o al dealer de turno, y consumir gratis el resto. A veces el que me la compraba repetía la operación, y así el material que llegaba al último consumidor rara vez tenía más de un 25 por ciento de cocaína, o en el papel no había más que la mitad del gramo ofertado.
Yo era también adicto a la ciudad de La Plata, y junto con Batato Barea nos constituimos en los expedicionarios más avezados en los misterios de esa ciudad increíble, que tiene pasadizos intrincados y laberínticos por donde uno desaparece de la vida normal, y como en un cuento de Las mil y una noches reaparece en otra manifestación de sí mismo junto a personas desconocidas que se hacen entrañables al cabo de unas horas. Algunas de las aventuras que viví en esa ciudad fueron la demostración más convincente de la posibilidad de un modo de vida que podría denominarse humano. El resto del tiempo es sólo el penoso transcurrir de las rutinas de unos mandriles convertidos en ganado.
Pero yo sabía también que la policía de la provincia de Buenos Aires, y muy especialmente la de La Plata, estaba integrada por tipos de avería, verdaderos delincuentes uniformados, tal como se haría público y evidente unos años más tarde. Sin embargo, luego de ingresar en el estadio y ubicarme estratégicamente cerca de la cabina de sonido, me descuidé increíblemente. Gran parte de la responsabilidad de ese descuido la tuvo el hijo de la Negra Poly, a quien vi charlando con los policías y luego se aproximó para decirme: "Está todo bien, el lugar está liberado", dejando entrever que la policía no iba a joderme. Entonces le regalé un papel, y de inmediato me cayeron encima media docena de polis que me rodearon como hacen las obreras con la abeja reina, y me dijeron que me considerara detenido. Envalentonado todavía por mi experiencia con los canas capitalinos, di un par de gritos y me negué a la requisa. En ese momento de pura adrenalina sentí la presión del cuerpo del Negro Cañón detrás de mí, y su voz que me susurraba: "Pasame los papeles".
Fue un acto inolvidable. Ese acto jamás morirá.
Sólo en el campo legendario alguien puede arriesgar tanto para salvaguardar a un amigo. Cañón estaba en libertad condicional, y no podía darse el lujo de ser requisado. Si resultaba mal, le darían con seguridad ocho o nueve años de tumba. Sin embargo, allí estaba su mano en la oscuridad de la noche, apretándose contra mi cadera. En un acto descabellado de audacia le pasé los papelillos, y Cañón desapareció entre la multitud.
Tuvimos suerte. En ese momento se desató el pandemonio en el estadio. La policía empezó a tirar gases y la multitud entró en pánico. Los músicos huyeron del escenario, con excepción de Skay, quien sin prestar atención a los gases lacrimógenos, empezó a tocar un solo de guitarra tipo Hendrix, digno de ser registrado. Yo traté de aprovechar la debacle para desaparecer, pero los canas me siguieron de un lado a otro sin soltar prenda. La intención era detenerme cuando saliera del estadio. Entonces le pedí a Tom Lupo que llamara a un amigo que tenía cierto poder en el ámbito cultural de la ciudad, y me oculté en el camarín junto a Patán, quien se agarró a las trompadas con un cana de seguridad. Nunca lo había visto en acción. Fue una verdadera máquina de pegar piñas hasta que el cana pidió tregua. Finalmente, el Chico de la Moto me dijo: "Subite". Y a los pedos, pegando un acelere hasta los noventa kilómetros por hora, salimos del estadio y aterrizamos en un baldío a pocas cuadras. [...]
Fueron dos horas de vértigo y terror. Terminado el caos, nos fuimos reencontrando, y nos dimos cita en una casa que ofrecía el Negro Cañón en el centro de la ciudad. Marcelita había logrado rescatar una cámara de video que yo había dejado en depósito junto a los bártulos de la iluminación y ya daba por perdida. Vera y Camila habían llegado tarde, de modo que se salvaron de la despiadada represión y fueron directamente a la fiesta organizada por Cañón. Fue una cita de espectros. Todavía conservo en alguna valija el casete que grabé esa noche con la cámara de video. Hace un par de años volví a pasarlo. Estamos todos los personajes mencionados sentados a lo largo de una gran mesa. Todos hasta el culo de cocaína. Fue nuestra última velada como amigos. Algunas cínicas conversaciones que tuve con Solari esa noche me dieron a entender que el vínculo entre la banda y la revista se daba por terminado. En el video se lo ve al Indio con la mirada apagada. A Patán deambulando como un fantasma. A Vera y Camila riendo en los rincones. También aparece Virginia, la novia eterna del Indio, una muchachita encantadora con la que sostenía una amistad sincera antes de la ruptura.
Fue la penúltima vez que vi al Indio. La última sería en el Bar Británico, en medio de otra noche aciaga. [...]
Un par de años después, cuando la revista había cerrado y yo estaba atravesando uno de los períodos más negros, como si un rayo invisible e insonoro me hubiera incendiado la mente, le mejicanié a un español de paso por Buenos Aires el equivalente a un kilo de cocaína y le confié el dinero al Negro. "Te doy el dinero, vendemos merca y somos socios", le dije, y me desentendí del asunto. En esos negocios la palabra es la única garantía.
Sin el menor escrúpulo, Cañón me robó el dinero; y allí se inició una serie interminable de depredaciones a amigos y conocidos. En mi caso, se arrogó el derecho de estafarme por esa deuda contraída en La Plata.
Con el tiempo, a pesar de la "deuda infinita", empecé a sentir hacia él una profunda aversión. Comprendí que su despliegue de gallardía, la energía que inyectaba a las conversaciones y los encuentros, y su aparente adaptación a los demás, respondían en realidad a un plan tan simple y repugnante como inaceptable. Aparentemente el tipo vivía en la pobreza, pero utilizaba cada peso que saqueaba a su entorno para comprar propiedades que iba acumulando y poniéndolas a nombre de sus numerosos hijos.
El Negro Cañón se fue transformando así en un psicópata, capaz de seducir a una mujer y enamorarla con tal de conseguir su firma en una solicitud de crédito. Un ser tan mezquino que al evocarlo no puedo dejar de sentir un escalofrío de desencanto: el del mundo que transforma los palacios en pocilgas.
Por Enrique Symns
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Inés era una persona muy profunda. Era terca como una mula pero tenia la milagrosa cualidad de oír hasta cuando ensordecía, un poquito a la larga eso sí, pero es cierto que oída a la larga hasta cuando no le convenía. Y era , otra vez, tan profunda, que sin ella nunca se sabría cuantas procesiones iban por dentro.
En fin, no sé que aparato se metió en la sordera aquella mañana, pero lo cierto es que aceptó mi propuesta: ella, yo y Karl Marx en la camota. Lo malo es que con el tiempo este orden se alteró, y yo pasé a tercer lugar, ella al segundo, y Karl al primero. Con tendencia a apropiarse de toda la camota, además.
Una mañana, incluso, el muy aguafiestas del alemán me dijo que me dejara ya de hablar tanto de mi costa, que no había nada tan fácil y tan falsamente sobrecogedor como dormir en un costa, cuando se había estado acostumbrado a dormir en sábanas de oro.
Mi miseria era falsa, mi miseria me la había inventado yo. Bastaría con que se volviese verdadera un día para que mi mamacita mandase un avión hasta la puerta del cuartito, de las orejas regresaría al redil. Ovejita negra. No merecía ni siquiera el nombre de oveja negra. Ovejita y punto.
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¿Y ahora qué pasa, eh?
Estábamos yo, Alex, y mis tres drugos, Pete, Georgie y el Lerdo, que realmente era lerdo, sentados en el bar lácteo Korova, exprimiéndonos los rasudoques y decidiendo qué podríamos hacer esa noche, en un invierno oscuro, helado y bastardo aunque seco. El bar lácteo Korova era un mesto donde servían leche-plus, y quizás ustedes, oh hermanos míos, han olvidado cómo eran esos mestos, pues las cosas cambian tan scorro en estos días, y todos olvidan tan rápido, aparte de qu tampoco se leen mucho los diarios. Bueno, allí vendían leche con algo más. No tenían permiso para vender alcohol, pero en ese tiempo no había ninguna ley que prohibiese las nuevas vesches que acostumbraban meter en el viejo moloco, de modo que se podía pitearlo con velocet o synthemesc o drencrom o una o dos veschesmás que te daban unos buenos, tranquilos y joroschós quince minutos admirando a Bogo y el Coro Celestial de Angeles y Santos en el zapato izquierdo, mientras las luces te estallaban en el mosco. O podías pitear leche con cuchillos como decíamos, que te avivaba y preparaba para una piojosa una-menos-veinte, y eso era lo que estábamos piteando la noche que empieza mi historia.
Teníamos los bolsillos llenos de dengo, de modo que no había verdadera necesidad de crastar un poco más, de tolchocar a algún anciano chelovecoen un callejón, y videarlo nadando en sangre mientras contábamos el botín y lo dividíamos por cuatro, ni de hacernos los ultraviolentos con alguna ptitsa tembleque, starria y canosa en una tienda, y salir smecando con las tripas de la caja. Pero como se dice, el dinero no es todo en la vida.
Los cuatro estábamos vestidos a la última moda, que en esos tiempos era un par de pantalones de malla negra muy ajustada, y el viejo molde de la jalea, como le decíamos entonces, bien apretado a la entrepierna, bajo la nalga, cosa de protegerlo, y además con una especie de dibujo que se podía videar bastante bien si le daba cierta luz; el mío era una araña, Pete tenía una ruca (es decir, una mano), Georgie una flor muy vistosa y el pobre y viejo Lerdo una cosa bastante fiera con un litso (quiero decir, una cara) de payaso, porque el Lerdo no tenía mucha idea de las cosas y era sin la más mínima duda el más obtuso de los cuatro. Además, llevábamos chaquetas cortas y ajustadas a la cintura, sin solapas, con esos hombros muy abultados (les decíamos plechos) que eran una especie de parodia de los verdaderos hombros anchos. Además, hermanos míos, usábamos esas corbatas de un blanco sucio que parecían de puré o cartófilos aplastados, como si les hubieran hecho una especie de dibujo con el tenedor. Llevábamos el pelo no demasiado largo, y calzábamos botas joroschós para patear.
-¿Y ahora qué pasa, eh?
Había tres débochcas juntas frente al mostrador, pero nosotros éramos cuatro málchicos
, y en general aplicábamos lo de uno para todos y todos para uno. Las pollitas también estaban vestidas a la última moda, con pelucas púrpuras, verdes y anaranjadas en las golovás, y calculo que cada una les habría costado por lo menos tres o cuatro semanas de salario, y un maquillaje haciendo juego (arcoiris alrededor de los glasos y la rota pintada muy ancha). Llevaban vestidos largos y negros muy derechos, y en la parte de los grudos pequeñas insignias plateadas con los nombres de distintos málchicos. Joe, Mike y otros por el estilo. Seguramente los nombres de los diferentes
málchicos con los que se habían toqueteado antes de los catorce. Miraban para nuestro lado, y estuve a punto de decir (por supuesto, torciendo la rota) que saliéramos a polear un poco, dejando
solo al pobre y viejo Lerdo. Sería suficiente cuperarle un demi-Iitre de blanco, aunque esta
vez con algo de synthemesco; pero la verdad es que no habría sido juego limpio. El Lerdo era muy fiero y tal cual su nombre, pero un peleador de la gran siete, de veras joroschó y un as de la bota.
-¿Y ahora qué pasa, eh?
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Como muchos de los otros, yo era un buscador, un revoltoso, un agitador y, a veces, un estúpido busca líos. Nunca estuve lo suficientemente ocioso como para pensar demasiado, pero de alguna manera tuve la sensación de que mis instintos eran acertados. Compartí el optimismo absurdo de que algunos de nosotros realmente progresábamos, de que habíamos tomado un camino honesto y de que los mejores inevitablemente llegaríamos a la cima.
Al mismo tiempo, compartía la negra sospecha de que la existencia que llevábamos era una causa perdida, de que éramos todos actores que se engañaban en pos de una odisea sin sentido. Y la tensión entre estos dos polos –un incansable idealismo por un lado y la sensación de inminente fracaso por el otro-era lo que me mantenía vivo.
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Niña
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Si de verdad les interesa lo que voy a contarles, lo primero que querrán saber es dónde nací, cómo fue todo ese rollo de mi infancia, qué hacían mis padres antes de tenerme a mí, y demás puñetas estilo David Copperfield, pero no tengo ganas de contarles nada de eso. Primero porque es una lata, y, segundo, porque a mis padres les daría un ataque si yo me pusiera aquí a hablarles de su vida privada. Para esas cosas son muy especiales, sobre todo mi padre. Son buena gente, no digo que no, pero a quisquillosos no hay quien les gane. Además, no crean que voy a contarles mi autobiografía con pelos y señales. Sólo voy a hablarles de una cosa de locos que me pasó durante las Navidades pasadas, antes de que me quedara tan débil que tuvieran que mandarme aquí a reponerme un poco. A D.B. tampoco le he contado más, y eso que es mi hermano. Vive en Hollywood. Como no está muy lejos de este antro, suele venir a verme casi todos los fines de semana. El será quien me lleve a casa cuando salga de aquí, quizá el mes próximo. Acaba de comprarse un «Jaguar», uno de esos cacharros ingleses que se ponen en las doscientas millas por hora como si nada. Cerca de cuatro mil dólares le ha costado. Ahora está forrado el tío. Antes no. Cuando vivía en casa era sólo un escritor corriente y normal. Por si no saben quién es, les diré que ha escrito El pececillo secreto, que es un libro de cuentos fenomenal. El mejor de todos es el que se llama igual que el libro. Trata de un niño que tiene un pez y no se lo deja ver a nadie porque se lo ha comprado con su dinero. Es una historia estupenda. Ahora D.B. está en Hollywood prostituyéndose. Si hay algo que odio en el mundo es el cine. Ni me lo nombren.
Empezaré por el día en que salí de Pencey, que es un colegio que hay en Agerstown, Pennsylvania. Habrán oído hablar de él. En todo caso, seguro que han visto la propaganda. Se anuncia en miles de revistas siempre con un tío de muy buena facha montado en un caballo y saltando una valla. Como si en Pencey no se hiciera otra cosa que jugar todo el santo día al polo. Por mi parte, en todo el tiempo que estuve allí no vi un caballo ni por casualidad. Debajo de la foto del tío montando siempre dice lo mismo: «Desde 1888 moldeamos muchachos transformándolos en hombres espléndidos y de mente clara.» Tontadas. En Pencey se moldea tan poco como en cualquier otro colegio. Y allí no había un solo tío ni espléndido, ni de mente clara. Bueno, sí. Quizá dos. Eso como mucho. Y probablemente ya eran así de nacimiento.
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Capitulo 7
Toco tu boca, con un dedo toco el borde de tu boca, voy dibujándola como si saliera de mi mano, como si por primera vez tu boca se entreabriera, y me basta cerrar los ojos para deshacerlo todo y recomenzar, hago nacer cada vez la boca que deseo, la boca que mi mano elige y te dibuja en la cara, una boca elegida entre todas, con soberana libertad elegida por mí para dibujarla con mi mano por tu cara, y que por un azar que no busco comprender coincide exactamente con tu boca que sonríe por debajo de la que mi mano te dibuja.
Me miras, de cerca me miras, cada vez más de cerca y entonces jugamos al cíclope, nos miramos cada vez más de cerca y nuestros ojos se agrandan, se acercan entre sí, se superponen y los cíclopes se miran, respirando confundidos, las bocas se encuentran y luchan tibiamente, mordiéndose con los labios, apoyando apenas la lengua en los dientes, jugando en sus recintos donde un aire pesado va y viene con un perfume viejo y un silencio. Entonces mis manos buscan hundirse en tu pelo, acariciar lentamente la profundidad de tu pelo mientras nos besamos como si tuviéramos la boca llena de flores o de peces, de movimientos vivos, de fragancia oscura. Y si nos mordemos el dolor es dulce, y si nos ahogamos en un breve y terrible absorber simultáneo del aliento, esa instantánea muerte es bella. Y hay una sola saliva y un solo sabor a fruta madura, y yo te siento temblar contra mí como una luna en el agua.
Esto lo escribió el tio Julio
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