miércoles, 17 de septiembre de 2008

La vida exagerada de Martin Romaña

Inés era una persona muy profunda. Era terca como una mula pero tenia la milagrosa cualidad de oír hasta cuando ensordecía, un poquito a la larga eso sí, pero es cierto que oída a la larga hasta cuando no le convenía. Y era , otra vez, tan profunda, que sin ella nunca se sabría cuantas procesiones iban por dentro.

En fin, no sé que aparato se metió en la sordera aquella mañana, pero lo cierto es que aceptó mi propuesta: ella, yo y Karl Marx en la camota. Lo malo es que con el tiempo este orden se alteró, y yo pasé a tercer lugar, ella al segundo, y Karl al primero. Con tendencia a apropiarse de toda la camota, además.

Una mañana, incluso, el muy aguafiestas del alemán me dijo que me dejara ya de hablar tanto de mi costa, que no había nada tan fácil y tan falsamente sobrecogedor como dormir en un costa, cuando se había estado acostumbrado a dormir en sábanas de oro.

Mi miseria era falsa, mi miseria me la había inventado yo. Bastaría con que se volviese verdadera un día para que mi mamacita mandase un avión hasta la puerta del cuartito, de las orejas regresaría al redil. Ovejita negra. No merecía ni siquiera el nombre de oveja negra. Ovejita y punto.



Lo dijo Bryce Echenique en La vida exagerada de Martin Romaña, pero yo lo pensé mucho antes...